Esa comedia de aventuras llamada Le Corsaire
FOTO: Shoko Nakamura y Miguel Angel Blanco / FOTOGRAFO: Frank Díaz
En los tiempos en que el ballet cubano estaba en su apogee (antes de que casi todos los grandes talentos optaran por hacer carrera en otras latitudes) cada una de sus presentaciones en La Habana era un verdadero acontecimiento.
Hay que reconocer que en Cuba el ballet está mucho más cercano a la población de lo que está en Miami. Con muy poca variedad en la radio o la television y muy limitado acceso al Internet, si usted busca entretenimiento usted necesita salir de su casa, y en La Habana las entradas a una function de ballet no cuestan lo que cuestan en Miami.
De todas formas, el Cuban Classical Ballet of Miami (CCBM) está empeñado en reproducer la “experiencia cubana” en Miami y es imposible dejar de reseñar que lo han conseguido: todas sus presentaciones son grandes acontecimientos locales.
El CCBM se dió a conocer de manera spectacular en febrero del 2007 con Giselle; en febrero del 2008 presentaron El Lago de los Cisnes; a fines del año montaron Cascanueces y ahora le ha tocado el turno a Le Corsaire.
Hasta el momento, Giselle es el logro estilístico mas estimable del CCVM, seguido muy de cerca por El Lago. Cascanueces fué un precipitado y fallido trabajo de compromiso (todo el que tiene una escuela se siente obligado a montar Cascanueces) y Le Corsaire es la afirmación de que ellos saben como confeccionar una entrega entretenida. Discutible, pero entretenida.
Discutible, poque el Le Corsaire del CCBM es un montaje más cercano a The Pirates of Penzance, la opera cómica de Gilbert y Sullivan, que a la puesta en escena del Kirov, de la que utiliza su hermoso vestuario y atractiva escenografía.
El estilo es ligero, el género es comedia de aventuras y el montaje (de Pedro Pablo Peña y Magaly Suárez, también directores artísticos del CCBM) es un trabajo muy simplificado, con un libreto que recuerda las notas en los antiguos discos de 33 rpm donde se describía el argumento de los musicales de Broadway para aquellos que solo iban a tener la oportunidad de oir el disco: esto es lo que ocurre en escena y aquí entra la canción.
Aquí, las secuencias coreográficas son tratadas como números musicales, casi a la manera de los musical readings de la serie neoyorquina City Center’s Encores. Definitivamente, esta es una aproximación poco convencional para recrear un clásico del repertorio académico.
Sin embargo, y para sorpresa de muchos, el formato funciona. Básicamente, porque el objetivo principal de este Le Corsaire es la presentación de las unidades coreográficas mas representativas de la obra: el Pas d’Esclave, el famosísimo Le Corsaire Pas de Deux, el Pas de trois des odalisques, y la escena de Le jardin animé. Todas ellas, montadas con ingenuidad encantadora.
Ejerciendo enorme espontaneidad creativa, Peña y Suárez aciertan igualmente al cambiar de lugar Le Corsaire Pas de Deux para ubicarlo casi al final. Esto es algo que les ayuda a mantener vivo el interés de los espectadores.
El secreto del éxito del CCBM es que ellos siempre entregan lo que esperan sus seguidores y la actuación de todos y cada uno de sus bailarines se proyecta al más alto nivel desde la primera salida a escena.
El cubano Miguel Angel Blanco como Conrad y la japonesa Shoko Nakamura (Bailarina Principal del Staatsballet Berlin) como Medora, desarrollaron un buen trabajo de pareja la noche de estreno.
Desde su debut en Miami, Blanco ha mantenido una trayectoria artistic siempre en ascenso. Lamentablemente, su Conrad elegante no es pirata, aunque al public parece no importarle. La encantadora Nakamura derrocha balances impresionantes, que solo terminan porque la música es grabada.
Por su parte, el brasileño Vitor Luiz (proveniente del Ballet do Theatro Municipal do Rio de Janeiro) ofrece la major actuación de la noche como el Mercader mientras la cubana Hayna Gutierrez reafirma su categoría con un trabajo impecable.
Desde el punto de vista artístico, esta lectura rápida de Le Corsaire era una maniobra riesgosa para el CCBM. El resultado final es inadmisible como montaje “completo” pero muy disfrutable como oferta de entretenimiento.
En los tiempos en que el ballet cubano estaba en su apogee (antes de que casi todos los grandes talentos optaran por hacer carrera en otras latitudes) cada una de sus presentaciones en La Habana era un verdadero acontecimiento.
Hay que reconocer que en Cuba el ballet está mucho más cercano a la población de lo que está en Miami. Con muy poca variedad en la radio o la television y muy limitado acceso al Internet, si usted busca entretenimiento usted necesita salir de su casa, y en La Habana las entradas a una function de ballet no cuestan lo que cuestan en Miami.
De todas formas, el Cuban Classical Ballet of Miami (CCBM) está empeñado en reproducer la “experiencia cubana” en Miami y es imposible dejar de reseñar que lo han conseguido: todas sus presentaciones son grandes acontecimientos locales.
El CCBM se dió a conocer de manera spectacular en febrero del 2007 con Giselle; en febrero del 2008 presentaron El Lago de los Cisnes; a fines del año montaron Cascanueces y ahora le ha tocado el turno a Le Corsaire.
Hasta el momento, Giselle es el logro estilístico mas estimable del CCVM, seguido muy de cerca por El Lago. Cascanueces fué un precipitado y fallido trabajo de compromiso (todo el que tiene una escuela se siente obligado a montar Cascanueces) y Le Corsaire es la afirmación de que ellos saben como confeccionar una entrega entretenida. Discutible, pero entretenida.
Discutible, poque el Le Corsaire del CCBM es un montaje más cercano a The Pirates of Penzance, la opera cómica de Gilbert y Sullivan, que a la puesta en escena del Kirov, de la que utiliza su hermoso vestuario y atractiva escenografía.
El estilo es ligero, el género es comedia de aventuras y el montaje (de Pedro Pablo Peña y Magaly Suárez, también directores artísticos del CCBM) es un trabajo muy simplificado, con un libreto que recuerda las notas en los antiguos discos de 33 rpm donde se describía el argumento de los musicales de Broadway para aquellos que solo iban a tener la oportunidad de oir el disco: esto es lo que ocurre en escena y aquí entra la canción.
Aquí, las secuencias coreográficas son tratadas como números musicales, casi a la manera de los musical readings de la serie neoyorquina City Center’s Encores. Definitivamente, esta es una aproximación poco convencional para recrear un clásico del repertorio académico.
Sin embargo, y para sorpresa de muchos, el formato funciona. Básicamente, porque el objetivo principal de este Le Corsaire es la presentación de las unidades coreográficas mas representativas de la obra: el Pas d’Esclave, el famosísimo Le Corsaire Pas de Deux, el Pas de trois des odalisques, y la escena de Le jardin animé. Todas ellas, montadas con ingenuidad encantadora.
Ejerciendo enorme espontaneidad creativa, Peña y Suárez aciertan igualmente al cambiar de lugar Le Corsaire Pas de Deux para ubicarlo casi al final. Esto es algo que les ayuda a mantener vivo el interés de los espectadores.
El secreto del éxito del CCBM es que ellos siempre entregan lo que esperan sus seguidores y la actuación de todos y cada uno de sus bailarines se proyecta al más alto nivel desde la primera salida a escena.
El cubano Miguel Angel Blanco como Conrad y la japonesa Shoko Nakamura (Bailarina Principal del Staatsballet Berlin) como Medora, desarrollaron un buen trabajo de pareja la noche de estreno.
Desde su debut en Miami, Blanco ha mantenido una trayectoria artistic siempre en ascenso. Lamentablemente, su Conrad elegante no es pirata, aunque al public parece no importarle. La encantadora Nakamura derrocha balances impresionantes, que solo terminan porque la música es grabada.
Por su parte, el brasileño Vitor Luiz (proveniente del Ballet do Theatro Municipal do Rio de Janeiro) ofrece la major actuación de la noche como el Mercader mientras la cubana Hayna Gutierrez reafirma su categoría con un trabajo impecable.
Desde el punto de vista artístico, esta lectura rápida de Le Corsaire era una maniobra riesgosa para el CCBM. El resultado final es inadmisible como montaje “completo” pero muy disfrutable como oferta de entretenimiento.